Capitulo 3
Un torbellino de pensamientos sobre Damen giraba de manera frenética en la mente de Charlotte cuando se despertó con el suave zumbido de los fluorescentes que se alineaban en el techo del aula. Muy despacio, abrió un ojo y luego el otro, y se percató de que a pesar de la
intensidad con que lucía la luz blanca no le molestaba mirarla directamente.
Parpadeó unas cuantas veces y se incorporó hasta quedar medio tumbada, con el cuerpo apoyado sobre los codos. Observó las sucias manchas marrones de humedad y las pelonías de papel pegadas a los paneles cuadrados de espuma rígida del techo que se cernían sobre ella. Sintió que se mareaba un poco, pero lo achacó a la emoción de los acontecimientos.
—Genial, me pide que le eche una mano. A mí. ¿Y voy yo y qué hago? Me desmayo —se reprochó.
Todos aquellos cambios por los que tanto había luchado, razonó Charlotte, no habían transformado a quien ella era en realidad por dentro. ¿Qué era lo que decía Horacio? ¿Que «podemos cambiar el cielo pero no nuestra naturaleza», o algo así? Tú eres tú y tu circunstancia. El triste hecho de que un poeta romano de hace dos mil años comprendiera mejor su vida que ella misma era decepcionante, como mínimo. Y lo que era más raro todavía, ¿a santo de qué se le ocurría pensar en eso precisamente en ese momento? En ese momento, el escenario se le apareció, de pronto, bajo una luz mucho menos desmoralizadora.
«¡Seguro que ha sido un bajón de azúcar!», pensó recordando que se había olvidado de desayunar en su afán por no perder el autobús e incluso después, en el instituto, con tanto encontrón premeditado con Damen.
Charlotte voltio la cabeza de un lado a otro y se dio cuenta de que se encontraba completamente sola. No le sorprendió, puesto que a decir verdad no esperaba que nadie la hubiese echado en falta. Luego, al bajar la mirada, comprobó que no estaba tan sola como pensaba. Allí estaba el Osito de Goma, inocente y sin vida, tan provocador como la muñeca parlante de aquel viejo episodio de LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA. No presentaba el típico color rojo opaco, sino ese rojo transparente que adquieren después de haberlos chupado un tiempo.
Permaneció mirando la gominola durante un buen rato, inexplicablemente recelosa de ella, se llevó la mano a la garganta y tosió. La tenía allí delante, en el suelo, pero todavía podía sentirla en la laringe.
—Esto sí que es curioso —dijo Charlotte, perpleja por completo.
Justo cuando empezaba a recordar todo lo ocurrido, se oyó un anuncio por megafonía.
«Charlotte Usher, preséntese por favor en la sala 1.313», requirió la voz apagada.
Reunió sus cosas y salió al pasillo desierto, cabe decir que de bastante buen humor. Como esperaba que la acosaran con preguntas de camino a secretaría, casi le decepcionó comprobar que el aviso pasaba desapercibido, pero claro, todos estaban en clase, así que continuó como si nada.
«¿La sala 1.313?», se preguntó, todavía aturdida por los desencuentros con Damen y el osito de goma.
Al doblar una esquina y adentrarse en uno de los largos pasillos, una lectura de Annabel Lee de Edgar Allan Poe inundó el corredor desde una de las aulas del fondo Era su clase de Literatura de segunda hora, el lugar donde supuestamente debía estar ella, que ya había comenzado. Las palabras resonaron en el pasillo vacío, su eco rebotando contra los suelos recién encerados y pulidos del primer día de curso.
PERO NUESTRO AMOR ERA MÁS FUERTE
QUE EL AMOR DE NUESTROS MAYORES,
QUE EL DE MUCHOS MÁS SABIOS QUE NOSOTROS,
Y NI LOS ÁNGELES DEL CIELO,ALLÁ ARRIBA, NI LOS DEMONIOS,EN LAS PROFUNDIDADES DEL MAR,
PODRÁN JAMÁS DESGAJAR MI ALMA DEL ALRNA DE LA HERMOSA ANNABEL LEE.
Por alguna razón, parecía conocer el camino a la extraña sala, a pesar de no haber estado allí antes. Se vio arrastrada hacia una puerta sin numerar situada al fondo del pasillo. Abrió, y se encontró con una escalera que descendía hasta una zona del sótano, que más que asustarla la desorientó. Mientras bajaba, vio las descascarilladas tuberías expuestas que recorrían el techo, sobre su cabeza, y el suelo de cemento a sus pies. Charlotte respiró hondo y se pinzó la nariz como medida preventiva, pensando que ya había aspirado suficiente contaminación por ese día en la pasarela.
—Sígame —se dijo a sí misma con voz quejumbrosa, pinzándose la nariz, en su más fiel imitación de EL JOVENCITO FRANKENSTEIN, e inició el descenso. Sus pisadas golpeaban el suelo en silencio.
Las tuberías parecían brillar por la condensación de agua, pero, curiosamente, no goteaban y no olía a moho ni a humedad. Se retiró los dedos de la nariz para volver a tomar aire y enseguida se dio cuenta de que no había necesidad de seguir pinzándosela.
Mientras avanzaba por el estrecho corredor de tuberías, conductos de aire y cableado, vio una luz que iluminaba el camino y se detuvo. Era brillante, aunque pálida, como la luz de la luna. Parecía provenir de detrás de la vieja caldera, que estaba fría por encontrarse apagada. Se asomó y vio una habitación en una esquina. En el cristal de la puerta aparecía grabado el número 1.313.
Charlotte empezaba a inquietarse, no tanto a causa de la siniestra oficina y la fría luz que de ella emanaba, sino más bien porque comenzaba a retrasarse en el horario que se había impuesto. Este pequeño rodeo estaba consumiendo buena parte del tiempo que había planeado destinar a acosar, bueno, a «conocer» a Damen. Y aun así, sintió más curiosidad que irritación cuando cayó en la cuenta de a qué podía venir esto.
«¡Seguro que es aquí donde hay que inscribirse para las clases avanzadas ¡Menudo día, las cosas no podrían salir mejor!», se dijo distraídamente mientras franqueaba la puerta y se dirigía al mostrador con la exuberancia de Sharpay Evans en HIGH SCHOOL MUSICAL.
Lo primero que vio fue un viejo transistor y unos jarrones de flores marchitas que descansaban sobre una mesa. Lo primero que oyó fue la canción Seasons in the Sun de Terry Jacks sonando a volumen muy bajo. No se sabía toda la letra, pero al escucharla en ese momento, flotando en el aire húmedo, en una habitación tan silenciosa, fría y vacía, le costó creer que hubiese llegado a ser todo un éxito. Incluso en los setenta.
GOODBYE TO YOU, MY TRUSTED FRIEND.
WEʹVE KNOWN EACH OTHERSINCE WEʹRE MINE OR TEN.
TOGETHE WE CLIMBED HILLSOR TREES.
LEARNED OF LOVE AND ABCʹS,
SKINNED OUR HEARTS AND SKINNED OUR KNEES1.
«Qué mal rollo», pensó Charlotte mirando a su alrededor y haciendo tamborilear los dedos sobre el mostrador, con la esperanza de que alguien la oyera.
—Hola, eo, ¿me ha llamado alguien? ¡Soy Charlotte Usher! —gritó por fin hacia el fondo de la oficina tratando de que alguien le hiciera caso.
Una secretaria con un moño medio deshecho y una blusa de encaje de cuello alto surgió como por encantamiento de debajo de la mesa.
—Oh, lo siento, no era mi intención gritar. No se me ha ocurrido mirar hacia abajo.
—Ni a ti ni a nadie, cielo —ironizó la secretaria.
Sin mirarla a los ojos, la secretaria le tendió un portapapeles con un montón de hojas.
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( Adiós, mi amigo fiel. /Nos conocemos desde los nueve o diez. / juntos escalamos colinas y árboles. /Aprendimos sobre el amor y el abecé, /Raspamos nuestros corazones y raspamos nuestras rodillas. )
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