Capitulo 3, Pt2
—Toma, rellena esto y no olvides .... —la secretaria dejó la frase a medias y tiró de Charlotte hacia sí, como si fuera a darle un valiosísimo consejo— .... devolverme el BOLÍGRAFO.
El extraño proceder de la secretaria desconcertó a Charlotte, pero luego pensó que de haberse tratado de una «persona afable» no estaría encerrada en el sótano de un instituto, trabajando sola, prácticamente a oscuras.
Antes de que Charlotte tuviera tiempo de formular su primera pregunta, la secretaria cerró la ventanilla de golpe. Charlotte ordenó las hojas en el portapapeles y fue a sentarse junto a una chica de largos tirabuzones pelirrojos ataviada con un vestido de majorette verde intenso. Charlotte habría jurado que la chica no estaba allí cuando entró, pero se había sentido tan preocupada en ese momento que ahora no podía estar segura del todo.
Se puso a revolver entre los papeles un momento y luego se volvió e intentó contactar visualmente con ella, aunque sin éxito.
—Hola. Soy Charlotte —dijo a modo de tentativa, ofreciéndole la mano. Pero nada.
La chica pareció hacer oídos sordos, o al menos desinteresados, ante el saludo y continuó mirando hacia abajo, con la nariz pegada a su libro. Charlotte estaba demasiado acostumbrada a que la trataran con desdén, no obstante ¿también iba a hacerlo una chica nueva? ¿Es que las cosas iban peor de lo que imaginaba?
Decidió echarle arrojo y extendió su mano aún más, pero la chica prosiguió con la lectura sin prestar la menor atención a la muestra de bienvenida de Charlotte Usher. Charlotte pensó que quizá conociese ya a alguien en el instituto. Tal vez se había incorporado en verano y ese «alguien» le había hablado de Charlotte. No, no podía ser; no le cabía en la cabeza que alguien hablara de ella en verano, ni siquiera para hablar mal.
Un débil silbido sacó a Charlotte de su ensoñación. Sonaba como un solista de flauta ensayando en la sala de música. Charlotte miró a su alrededor incapaz de adivinar de dónde provenía el sonido. Se metió un dedo en la oreja y lo hizo girar para ver si así cesaba. Pero no lo hizo, de modo que trató de ignorarlo con todas sus fuerzas, concentrando de nuevo toda su atención en los formularios. En lo alto de la primera página se podía leer «Nuevo alumno».
—¡Ah, así que SÍ voy a poder apuntarme a clases avanzadas para el curso que viene! —anunció orgullosa en voz alta, deseando poder impresionar de ese modo a la chica.
Tan entusiasmada estaba, que empezó a rellenar los formularios a toda prisa, sin apenas leer las preguntas.
Mientras sus finos dedos se deslizaban a la velocidad de la luz sobre las preguntas, empezó a sentir un recelo creciente al leerlas en alto:
—Nombre y apellidos, fecha de nacimiento, lugar de nacimiento, sexo .… ¿Sexo? ¡Sí, por favor! —dijo en voz alta, tratando una vez más de llamar la atención de la chica, aunque infructuosamente—. ¿Donante de órganos? —leyó Charlotte, ya no tan a la ligera—. Vaya, pues sí que lo quieren saber todo.
Continuó rellenando el formulario lo mejor que pudo hasta que llegó al final de la hoja, lo que coincidió también con el límite de su paciencia. En la última casilla se podía leer «C.M.».
—¿C.M.? —dijo en voz alta Charlotte, completamente fuera de sus casillas—. ¿Cobro en metálico? ¿Y por qué voy a tener que pagar por las clases avanzadas? Esto es un instituto público.
Dejó la casilla en blanco y entregó los formularios y el bolígrafo a la secretaria, quien a su vez le hizo entrega de una etiqueta con el nombre de Charlotte prendida de una diminuta goma elástica.
—Aquí tienes tu identificación —le espetó la secretaria.
—Ah, gracias —contestó Charlotte, no muy segura de por qué necesitaba una nueva identificación, aunque demasiado intimidada para preguntar.
Tiró de la etiqueta para liberarla de la garra fría y tenaz de la secretaria y se la puso en la muñeca. Le apretaba muchísimo, pero se la dejó puesta y no dijo nada.
La secretaria estampó los formularios de Charlotte con un sello de «entrada» y a continuación se aproximó a un archivador de acero inoxidable de grandes dimensiones.
—Muy bien. Otra cosa .... Necesito que me confirmes… —hizo una pausa, se volvió y con indiferencia abrió un enorme cajón— .... que ésta eres tú, y que pongas aquí tus iniciales.
Charlotte se quedó paralizada. No podía creer lo que veía. Allí estaba. Su cuerpo, mudo y gris y ataviado aún con la ropa del primer día de curso, yacía inmóvil sobre la camilla de metal ante sus propios ojos. Quiso desmayarse, pero estaba petrificada.
Por vez primera sintió el frío de la habitación recorrer su piel. Se cogió de la muñeca y apretó los dedos buscándose el pulso. Nada. Se llevó las palmas al pecho tratando de sentir su corazón, que para entonces debería de estar desbocado. Pero no detectó latido alguno. Aterrada y temblando, se acercó al cadáver y lo tocó cautelosamente con un dedo en ambas piernas, aguardando una reacción. Pero nada tampoco. Y la última gota: un paquete abierto de ositos de goma sobresalía de su bolsillo, y el culpable, el asesino, aparecía en una bolsa de zip prendida a su pecho. No se trataba de un truco. ¡ERA ELLA!
—C.M. Causa de la muerte —la instruyó la secretaria señalando la gominola y esbozando una sonrisita.
Charlotte retrocedió tratando de alejarse del cuerpo, tropezó y golpeó un enorme ventilador eléctrico de metal que había sobre la mesa. Este se precipitó sobre su antebrazo y le atrapó la mano entre las hojas.
Observó impotente cómo, uno a uno, sus dedos eran seccionados justo a la altura de los nudillos por las guadañas giratorias. Sus falanges salieron despedidas en todas direcciones, salpicando la habitación. Apretó los ojos y esperó a que la vencieran el dolor y la nauseabunda calidez de la sangre al brotar. Pero no ocurrió.
Desconcertada, hizo acopio de valor y, abriendo los ojos muy despacio, miró. Su mano, que debiera de haber estado destrozada, mutilada y despedazada, aparecía completamente intacta. La levantó y la contempló del derecho y del revés, hipnotizada.
La chica de la sala de espera se aproximó a Charlotte en el instante en que ésta trataba con desesperación de asimilar la realidad de aquel momento surrealista.
—Nada puede hacerte daño nunca más —dijo la chica con indiferencia—. Soy Pam .... Y tú, bueno, tú .... —dijo Pam mientras se agachaba para ayudar a Charlotte a levantarse.
—No, por favor, no lo digas .... —suplicó Charlotte.
— .... estás muerta —le susurró Pam a Charlotte directamente al oído.
Sus palabras surcaron el oído de Charlotte y se internaron en su mente como una violenta ráfaga de viento gélido, y con ella, la neblina del olvido comenzó a disiparse. Al mirar entonces a su alrededor fue como si alguien hubiese pulsado el botón de «retroceso» de su día. Todo se le apareció bajo otra perspectiva, casi como la de una tercera persona, y pudo percatarse de detalles que antes le pasaron desapercibidos.
Todo era tan obvio. La llamada por megafonía, el frío sótano, la sala de espera. Miró a su alrededor y empezó a fijarse en cosas en las que antes no había reparado, como la coloración anormalmente violácea de las uñas de la secretaria, las cámaras de depósito de la parte de atrás, las lámparas de exploración. Y, cómo no, el osito de goma.
Charlotte gritó con tantas ganas que de su boca no emanó sonido alguno. Fue un grito de otro mundo, un grito que sólo podía estar motivado por el terror en estado puro.
El eco de las palabras «estás muerta» retumbaba en su mente y sacudía su alma cuando salió despavorida de la sala y se precipitó escaleras arriba.
0 comentarios:
Publicar un comentario