lunes, 22 de agosto de 2011

Capitulo 6, Pt2

Mientras avanzaban en la cola, Charlotte examinó la oferta de dulces, fritos y ácidos grasos del bufé. Patatas fritas con salsa, pizza pepperoni, macarrones con queso, tortitas, hamburguesas, perritos en pan de maíz, cubitos petrificados de gelatina Jell‐O con nata montada, patatas de bolsa, fritos de maíz, bizcochos rellenos Twinkies fritos, Marshmallow Fluff, cubas de salsa de chocolate, sirope de arce y crema de queso fundido Velveeta. Comida basura de la mejor. Un auténtico McWilly Wonka Hut. Prácticamente todo lo que acaba engrosando los michelines estaba allí, friéndose en la plancha.

Las camareras muertas llevaban redecillas de cuerpo entero, en lugar de las omnipresentes redecillas de pelo de las vivas, supuso que para «mantenerse enteras» y evitar que cayera algún pedazo de carne en la comida durante la elaboración de aquellos platos tan decadentes. Las bebidas eran todas carbonatadas: Fresca, Shasta, marcas imposibles de encontrar ya salvo en las camisetas de los modernillos. Muy buenas, sí, pero .... olvidadas. Desde luego que nada parecido al pan de pita integral relleno y el bufé de ensaladas de la sección viva del comedor.

Charlotte se hizo con un buen cargamento de comida y culpabilidad. ¿Qué habrían pensado Petula y las Wendys, sus anoréxicos modelos a imitar? Estaban tan obsesionadas con su IMC como otros lo están con las notas del examen final de aptitud.

Además, ¿qué importaba ya? ¿Qué mal podía hacerle? ¿Matarla? El control de raciones no es que fuera a estas alturas una prioridad, que digamos.

Sintió cómo una oleada de depresión post mórtem la invadía de nuevo. ¿A quién le importaba nada ya? Desechó toda precaución y aceptó cada cucharón de comida que le ofrecían las camareras. La única razón para mejorar, hacer dieta, practicar ejercicio, bla, bla y demás, era Damen, y éste era ya, literalmente, una causa perdida. Después de todo, ¿de qué le servía un cuerpo diez a una chica muerta?

—No es que nada importe ya, Charlotte. Lo que pasa es que ahora tienes otras prioridades. Una meta distinta —le explicó telepáticamente Pam, que se encontraba bastante adelantada en la cola.

—¿Como CUÁL? —preguntó Charlotte en voz alta, perdiendo los estribos y girándose por completo para localizar a su amiga.

Charlotte empezó a pensar que deseaba poner fin a todo aquello, especialmente al rollo ese de que le leyeran la mente. Era una intrusión en toda regla. Primero Prue, luego Brain y ahora Pam. Trató desesperadamente de no pensar en ello, porque no quería ofender a Pam y porque el buen juicio con que Pam abordaba la situación era de agradecer. Pero cuantas más vueltas le daba, más le costaba evitar pensar que odiaba a Pam y a todos los demás por entrometerse de aquel modo en sus pensamientos privados. Percibiendo el malestar de Charlotte, Pam la invitó a acercarse con un gesto de la mano y calmó las aguas.

—Oye, es tu primer almuerzo como chica muerta así que ¡invito yo! —bromeó, frenando el paralizante y obsesivo torbellino de pensamientos que rondaba la mente de Charlotte a la vez que la conducía hasta una mesa situada en un rincón. Pam se sentó, pero Charlotte vaciló.

—¿Está ocupado? —preguntó Charlotte refiriéndose al sitio que quedaba libre junto a Pam.

—Sí —dijo Pam con una sonrisa—. Por TI.

El hecho es que Charlotte no estaba acostumbrada a respuestas tan cordiales. Con frecuencia se sentía a falta de un lugar donde sentarse, y se quedaba plantada de pie durante un lapso de tiempo penoso, bandeja en mano, buscando sitio. Pam percibió la desazón con que Charlotte intentaba asimilar y aceptar cuanto estaba ocurriendo. Decidió que lo mejor que podía hacer era ser su amiga.

—No te angusties. Ya verás como acabas encajando —dijo Pam mientras Charlotte rodeaba la mesa.

—La última vez que lo intenté acabé muerta —contestó.

Ambas asintieron conformes y al levantar la mirada de su conversación se percataron de la presencia de una chica que estaba sentada sola en la mesa de al lado, toda encorvada, y que se subió las mangas de su jersey de cuello alto para inspeccionar los cortes que exhibía en muñecas y antebrazos.

—¿Y ésa? —preguntó Charlotte con sorna—. ¿Se murió de tanto rascarse o qué?

—¿Suzy? —explicó Pam—. Era una SCRATCHER. Ya sabes, se hacía cortes aunque no lo bastante profundos como para hacerse daño.

—O eso creía, supongo —dijo Charlotte.

—Sí. Una «llamada de auxilio», o algo así, que acabó por salirle fatal —continuó Pam—. Al final se pasó con los cortes y acabó en el hospital. Murió de una de esas infecciones por estafilococos resistentes a todo.

—Parece tan reservada —dijo Charlotte—. Y triste.

—Tiene que aprender a comprometerse, para eso está aquí —dijo Pam—. Hacer las cosas a medias puede resultar peligroso.

Ambas asintieron y volvieron a concentrarse en sus respectivos almuerzos, sin percatarse apenas de otra chica que ahora estaba plantada delante de ellas. Era un palillo. Una muñequita rebosante de complementos, con enormes gafas de sol, vestido vintage y collar de Chanel. En la bandeja llevaba un bote diminuto de frutos secos variados y un café tamaño maxi.

—Qué hay, CoCo —dijo Pam—. Tú siempre tarde para estar a la moda, ¿eh?

—Es mi sello —le recordó CoCo—. ¿Hay hueco para una más? —preguntó retóricamente, con voz afectada y sin apenas abrir la boca.

—Una auténtica FASHION VICTIM —le susurró Pam a Charlotte.

—¿Y? ¿La pisotearon en una liquidación de excedentes o qué? —preguntó Charlotte.

—Muy bueno, pero no, fue mucho peor —dijo Pam, acercándose a Charlotte—. Se emborrachó en una fiesta, devolvió en su bolso extragrande, se desmayó sobre él y se ahogó en su propio vómito. Lo grande no siempre es sinónimo de mejor. Descanse en Prada —afirmó con sorna mientras
CoCo tomaba asiento.

Inmediatamente, CoCo empezó a devorar su ración impresa diaria de blogs de cotilleo al tiempo que abría un Red Bull y rellenaba su taza de café.

—Entonces ¿qué te pasó a ti, exactamente? —le preguntó Pam a Charlotte.

CoCo fingió indiferencia, oculta tras sus gafas de sol, aun así no pudo resistir la tentación de escuchar disimuladamente un nuevo y jugoso cotilleo. Llevaba siglos sin hacerlo.

—Pues lo que pasó es que mis sueños empezaban a hacerse realidad .... —empezó
Charlotte.

—¿Y? —repuso Pam.

—Me emparejaron con Damen Dylan, el chico más guay del instituto, para las prácticas de laboratorio. Estaba convencida… de que si llegaba a conocerme de verdad, pues, bueno, que tal vez él .... —Charlotte se quedó callada un instante, molesta por una necesidad acuciante de aclararse la garganta.

—¡Vamos, sigue! —exclamó CoCo, quien recibió sendas miradas asesinas por parte de Pam y Charlotte.

—.... me pediría a mí que lo acompañara al Baile de Otoño en vez de a su novia, Petula —continuó Charlotte, tosiendo un poco.

—¿Y ya está? —dijo decepcionada CoCo, que se levantó dejando atrás la bandeja para que otros la recogieran.

Pam también miró a Charlotte con ojos inquisidores, como diciendo «seguro que hay algo más». Pero no lo había.

—¿Así que tiene novia? Qué le vamos a hacer, no estarian predestinados a estar juntos —dijo Pam como si nada.

En ese momento, Damen pasó junto a Charlotte para vaciar su bandeja y ésta no tuvo tiempo de dolerse del golpe bajo de Pam. La carcajada espontánea que soltó él en respuesta al chiste de su amigo embebió a Charlotte por completo.

—Mira, Pam, a mí eso del Destino siempre me ha parecido una chorrada —dijo Charlotte, elevando el tono de voz palabra tras palabra—. No es más que una comedura de coco.¡Hagas lo que hagas es imposible equivocarse!

—Pues no exactamente —contestó Pam—. El Destino no es cien por cien circunstancial. Es algo predeterminado. El resultado no se puede cambiar. Punto. Por eso se llama .... Destino.

—¡Pues claro! —exclamó Charlotte entre tos y tos.

—¿Cómo que claro? —preguntó Pam, absolutamente confundida.

—Me sonrió justo antes de morir yo .... Estábamos a punto de conectar. Era mi oportunidad para que él me conociera y para que, al final .... puede que hasta .... me pidiera que lo acompañara al baile —divagó Charlotte—. El Destino —proclamó.

—Pero ¿de qué hablas? —preguntó Pam, que no salía de su asombro y se esforzaba por comprender a qué apuntaba Charlotte con todo aquello.

—Hablo de que .... Damen .... y yo .... —dijo Charlotte, que rompió a toser estrepitosamente. Pam le dio un manotazo en la espalda, ávida por escuchar la gran revelación—.... estamos predestinados a estar juntos —dijo Charlotte a duras penas.

—¿No dices que eso del Destino es una chorrada? —le recordó Pam, tratando de asimilar tan insólita revelación.

—¿No dices tú que no lo es? —dijo Charlotte apuntándose un tanto.

De regreso a su mesa, Damen pasó junto a ellas de nuevo y Charlotte le siguió con los ojos, como un decidido postor observando un bolso de Chloé en eBay.

—¿Y no has contemplado la posibilidad de que el Destino haya intervenido precisamente con el fin de SEPARAROS al dejarte morir? —intervino Pam—. ¿De qué tu Destino sea éste?

Charlotte no contestó; estaba sumida en sus pensamientos. La negativa de Charlotte a aceptar su situación tenía ya muy preocupada a Pam, de modo que decidió tomar cartas en el asunto.

—Además, Charlotte, tienes otro problema y gordo —dijo Pam, y sin más se puso de pie sobre la silla y empezó a chillar, a hacer caras y a agitar los brazos en dirección a Damen—. ¡¡¡DAMEN!!! —gritó Pam con todas sus fuerzas.

—¡Pam! ¡Por favor! —suplicó Charlotte.

Cuanto más le rogaba Charlotte que cesara, más insistía ella. Y cuanto más se entusiasmaba, mayor era la intensidad con que el sonido del flautín brotaba de su garganta.

—¡¡¡SOPLAGAITAS!!! —le chilló Pam a Damen señalándose la laringe.

Charlotte esperó a que Damen se acercara hecho un basilisco, pero no hizo nada parecido. Es más, no reaccionó en absoluto. Nadie lo hizo.

—Las cosas han cambiado, Charlotte —dijo Pam tomando asiento—. Ya no es cuestión de si Damen te pide salir o no. Es que ni siquiera te ve.

Dicho esto, la frustración en la voz de Pam se metamorfoseó en un tono más
suave.

—No te queda otra que aceptarlo —dijo, y extendió el brazo para apoyar la mano sobre el hombro de su amiga—. Por algo lo llaman vida sentimental. Los sentimientos amorosos son para los vivos.

En vez de mostrarse defraudada o desalentada, la mirada de Charlotte adquirió un brillo inusitado, como si Pam acabara de descifrar el enigma de la Esfinge.

—Tienes razón.... —proclamó Charlotte, y abrazó a Pam y le plantó un beso de agradecimiento en la mejilla—. ¡Ni siquiera me ve!


0 comentarios:

  © Blogger template 'Solitude' by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP