Capitulo 6
Scarlet, la hermana pequeña de Petula, recibió un inesperado encargo de la
redacción del periódico del instituto: escribir una noticia, la primera de toda su vida,
sobre «una chica que había muerto en el instituto». Se dirigió a la oficina presa de los
nervios, tanto por el encargo como por la perspectiva de tener que tratar con el
profesor Filosa, el estricto carcamal que dirigía el panfleto, perdón, el periódico del
instituto como si del Daily Planet se tratase.
—¿Dónde diablos se había metido, Kensington? —le espetó el profesor Filosa con
impaciencia—. Se nos acaba el tiempo y hay que publicar esta necrológica.
—Pues sí que tiene chiste la cosa —bromeó Scarlet—. Acabarse el tiempo ....
Necrológica ....
A Filosa no le impresionaron ni el sentido del humor ni la evasiva de Scarlet.
—No es que esté muy por la labor, ¿verdad?
—Pues, ahora que lo dice, ¿qué pinto yo en esto? —preguntó Scarlet—. Se supone
que soy la crítica de música.
—¿Estará de broma, no? —la reprendió, mirándola de arriba abajo—. Le va que ni
pintado.
—Nunca he tenido que escribir una —dijo Scarlet con sorprendente inseguridad—
. Además, no es mi fuerte hablar bien de la gente que no conozco, ni tampoco de la
que conozco, todo hay que decirlo.
—Pues aguántese, Kensington, y haga algo bonito por alguien por una vez en su
vida —ladró Filosa—. Aquí tiene las fotografías del acto en memoria de esto ....
cómo se llamaba .... Usher, eso es, del acto en memoria de Usher de esta mañana. La
página de composición está en el ordenador —agarró el sombrero de paja y la
chaqueta de mezclilla y salió dando un portazo.
Scarlet se sentó al ordenador, la mirada fija en el cursor intermitente. No se le
ocurría nada. Se encasquetó su sombrero de fieltro, con el ala claveteada de
piercings, en busca de inspiración, abrió la carpeta jpg con las fotografías del acto
conmemorativo y observó que en ellas no había ni un alma.
—¿Dónde está la gente? —dijo Scarlet, con un levísimo deje de compasión en su
voz.
Scarlet sacó el informe de la policía y leyó por encima la escasa información que
ofrecía la ficha oficial. Al llegar a su retrato escolar se quedó de piedra.
—Oh, no —soltó Scarlet—. Es la chica con la que fui tan borde el otro día.
Estudió la fotografía detenidamente durante un minuto, como en un acto de
reconocimiento hacia la persona que había tratado con tanto desdén. Y decidió que la mejor disculpa sería una bonita necrológica, incluso aunque se tratara más de una lista que de otra cosa.
—Supongo que ahora tengo tu vida en mis manos — dijo, y empezó a escribir.
* * * *
A Charlotte la reconfortaba saber que si no había más remedio que ir a clase, al menos también había tiempo de recreo. Tiempo para salir de aquella aula y darse un respiro. Tiempo para dejarlo todo «de lado» y asimilar la primera parte del día, todo salvo la jerarquía universal cuya evidencia no puede quedar más al descubierto que en las mesas del comedor de un instituto.
Una realidad que a Charlotte no se le pasó por alto cuando ella y Piccolo Pam entraron en la cafetería. Charlotte apenas pudo contenerse cuando vio pulular por allí a todos los chicos vivos, disfrutando de su semilibertad.
La cafetería del Hawthorne siempre le recordaba a un supermercado, tan ostentosamente dividido en secciones. Era imposible perderse. Nada de surtidos. Los Populares aquí, los Cerebritos ahí, los Deportistas acá, los Porreros allá. En clase, la integración era casi inevitable, puede que hasta obligatoria incluso, debido a la asignación de sitios por orden alfabético. Pero en la cafetería podías elegir, y qué mejor expresión de tu capacidad de elección que el lugar y la gente con la que te sentabas.
Una vez decidido quién era uno o, para ser más exactos, quien había decidido Petula que era uno, entonces resultaba fácil encontrar tu sitio. Bien mirado, lo que antes le parecía tan intencionado y cruel, le resultó ahora completamente natural. Después de todo, podía ser que fuera cierto eso de que «Dios los cría y ellos se juntan». O podía ser que la muerte hubiese amortiguado su envidia.
—Las personas no son como imanes —dijo Charlotte en voz alta, y luego, percatándose de su exabrupto, se llevó rápidamente la mano a la boca para contener sus palabras.
—No te preocupes —dijo Pam—. No te oyen.
—Nunca lo han hecho —contestó Charlotte con sarcasmo.
Al examinar el comedor, observó que todos los que allí estaban tenían asignado el séptimo turno de comedor. Era increíble. Cuando estaba viva, comía en el sexto turno, y ahora estaba en el séptimo. El exclusivo séptimo turno de comedor. El turno de Damen. ¡Oh, dulce muerte! Al menos algo de bueno tenía.
Distraída como estaba con sus pensamientos, Charlotte «chocó» accidentalmente con un chico que pasaba por allí con su bandeja. De hecho, fue más como si lo atravesara. Sin perder un instante, Piccolo Pam agarró a Charlotte del brazo para evitar la interacción.
—¡No! —gritó Pam. Pero ya era demasiado tarde.
Una expresión del más puro terror nubló el rostro del chico, que se quedó paralizado un momento, miró a su alrededor como un conejo asustado, dejó caer la bandeja y echó a correr hacia la salida. Tenía la cara tan desencajada que casi daba risa. Tan pronto la bandeja se estrelló contra el suelo, la cafetería entera irrumpió en carcajadas y aplausos, para asegurarse así de que le humillaban como sólo los estudiantes de instituto saben hacer.
—¡JAMÁS atravieses a los vivos! —dijo Pam, increpando a Charlotte.
—¿Perdón? — contestó ésta, sin comprender.
—La interacción con los vivos está estrictamente prohibida —le advirtió Pam—.
CASI todos lo sabemos por instinto cuando llegamos.
A Charlotte le dolió el inesperado golpe bajo de Pam.
—¿Por qué? —preguntó inocentemente—. Nosotros podemos verlos. Podemos OÍRLOS. ¿Por qué no pueden ellos sentirnos?
—Nosotros coexistimos con ellos, aunque en realidades distintas—explicó Pam
con voz cortante—. No son nada para nosotros y viceversa.
—Para mí sí que son algo —dijo Charlotte.
—¿Es que no has visto lo que acaba de pasar? —preguntó Pam—. Tus
sentimientos te los guardas para ti, Charlotte.
—Está bien —dijo ella tímidamente.
Mientras tiraba de Charlotte para apartarla de las mesas del comedor, Pam
continuó:
—Nosotros estamos AQUÍ.
«Aquí» era una cola de cafetería distinta que nunca hasta entonces había tenido que hacer. Una cola reservada a los estudiantes muertos. Invisible a los vivos.
—¿Y esto no es una forma de segregación o algo asi —preguntó. Pero Pam no contestó. Estaba demasiado ocupada llenando su bandeja con comida basura.
De pronto, una chica intentó colarse.
—Perdona, Kim —murmuró.
—Quita —dijo Kim en tono agresivo.
De porte estirado, brillante pelo largo y bonito perfil, Kim lucía todo un arsenal de PDA. Por su aspecto y su forma de hablar se diría que estaba preocupada y tenía mucha prisa, lo que resultaba del todo chocante, dadas las circunstancias. La lentitud de Charlotte la alteró todavía más.
—¿Te quieres apartar? —le espetó Kim—. ¡Tengo prisa y espero una llamada muy importante!
Mientras Kim se abría hueco a empellones, Charlotte vio caer algo en su bandeja. No era un pelo, no, era un pedazo de carne. Carne quemada y putrefacta. Charlotte reculó y dejó que Kim disfrutara de cuanto espacio pudiera necesitar, a la vez que enseñaba sus dientes en una de esas enormes sonrisas forzadas a las que recurre uno para no vomitar, por ejemplo.
Las náuseas de Charlotte se disiparon cuando, de la nada, empezó a sonar un teléfono móvil. Miró a su alrededor y en un acto reflejo se llevó las manos a los bolsillos, sorprendida ante la posibilidad de que en aquel lugar pudiera darse semejante sonido.
—¿Es que no va a contestar nadie? —bromeó Charlotte.
—Es para mí —dijo Kim, quien al volverse reveló en el lado opuesto de su cabeza un teléfono móvil que sobresalía de una herida abierta que le llegaba desde la sien a la mandíbula inferior. Aparentemente, la radiación le había erosionado parte de la cabeza y el cuello, donde ahora exhibía una importante lesión en carne viva.
—Vaya, a eso sí que lo llamo yo tener un lado «malo» —le susurró Charlotte a Pam.
—Para Call Me Kim, todas las llamadas son urgentes —le musitó Piccolo Pam a Charlotte—. No hizo caso de las advertencias sobre su obsesiva utilización del móvil y mira cómo acabó. Su asunto pendiente es prestar atención cuando se le dice algo y tratar de reprimir su impulsividad.
—Pensaba que lo de la «radiación del móvil» era un cuento —dijo Charlotte mientras hacía un autentico esfuerzo por no mirar directamente hacia Kim.
—Pues parece que no —dijo Pam, señalando y sacudiendo la cabeza hacia Kim, que no dejaba de parlotear.
Charlotte trató de cambiar de tema pero no podía dejar de mirar a la chica.
—Espera —Kim atajó abruptamente a su interlocutor, se volvió hacia Charlotte y le lanzó una mirada furibunda—. ¿Te puedo ayudar en algo?
—No, no creo que puedas —contestó Charlotte muy seria.
—Nuevos .... —dijo Kim poniendo el ojo en blanco y retomando su conversación unidireccional.
—No acabo de entender la historia esta del «asunto pendiente». ¿Será que yo no tengo ninguno? —le preguntó Charlotte a Pam.
—Los asuntos son como los culos, todos tenemos uno —dijo Pam con voz cortante.
—¿Todos? —preguntó Charlotte, especulando para sí qué les podría quedar por resolver a Petula y las Wendys que no fuera anular una cita previa para hacerse la cera.
—Fíjate en DJ, por ejemplo —dijo Pam apuntando con la barbilla hacia la mesa de los chicos muertos—. Parece supertranquilo y entero. Nadie diría que tenga muchos asuntos que resolver.
—Pues sí —admitió Charlotte.
—Pues no —aclaró Pam—. Se creía todo un artista y se negó a pinchar temas de moda en una fiesta para la que le contrataron en casa de unos pandilleros.
—Así que no bailaba ni un alma y .... —dijo Charlotte con voz entrecortada.
—Alguien se puso nervioso. Se montó una pelea, y DJ quedó atrapado en el fuego cruzado —continuó Pam—. Recibió diez tiros, uno más que 50 Cent.
—Pues vaya un récord que fue a batir —dijo Charlotte con lástima.
—Y que lo digas —convino Pam—. Su arrogancia le mató.
—Se acabó el breakdance para DJ —concluyó Charlotte, que había entendido perfectamente a qué apuntaba Pam.
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