Capitulo 4
<<¿Por qué yo? ¿Por qué yo?», se repetía Charlotte, no porque confiara en hallar la respuesta, lo hacía con la esperanza de que cuantas más veces formulara la pregunta, más clara tendría su situación y sólo entonces daría quizá con la solución. Era así como se planteaba los deberes de Trigonometría, repitiéndose en voz alta el problema, y siempre había dado resultado. Se ufanaba de esa confianza en sí misma.
Recordó la estadística que sostiene que la mayoría de las personas sufren ataques de corazón en lunes, el primer día de la semana. Ella había muerto el primer día de curso, cuando parecía que las cosas iban a empezar a salirle bien. ¿Por qué le pasaba esto? ¿Por qué ocurría después de que el Destino los emparejase a ella y a Damen como compañeros de laboratorio? Necesitaba respuestas.
Charlotte corrió escaleras arriba gritando como una posesa, abrió de golpe la puerta sin número, emergió como una exhalación en el corredor y se detuvo bruscamente al encontrarse con Pam justo delante. Por un momento pensó que si corría lo bastante rápido escaparía de la pesadilla que estaba viviendo, o no viviendo, como podía ser que fuera el caso.
—No puedes huir de esto .... —dijo Pam de forma sosegada al tiempo que Charlotte, presa del pánico, daba media vuelta y lo intentaba. Al doblar la esquina del pasillo recién encerado, se percató de que no resonaba el eco de sus pisadas, de que no rechinaba la goma de las suelas de sus zapatos.
A cada giro, ¡PAM!, allí estaba Pam. Charlotte se llevó la mano al corazón, pero recordó que allí no había nada que agarrar. Su corazón no latía. Sintió el pecho como una cavidad hueca que encerraba una roca dura y fría.
—No puedes huir de esto .... —repitió Pam a la vez que Charlotte echaba a correr.
En su intento por escapar de la aparición y de la realidad que se cernía sobre ella, Charlotte se dirigió instintivamente hacia el aula de Física. ¿Qué mejor lugar para obtener respuestas que el escenario del crimen? Al entrar, Charlotte se percató de que había pisado algo, aunque no estaba muy segura de qué. Echó la vista atrás y allí, en el suelo, vio pintada con tiza la silueta de un cuerpo. Su cuerpo.
—Un caparazón vacío. Así es como me recordarán ahora —dijo abatida, contemplando la posibilidad de que aquella genérica, asexuada y burdamente esbozada figura en forma de galletita de jengibre había de convertirse ahora en su última, y definitiva, impresión en el alumnado de Hawthorne.
Era el escenario del crimen, desde luego que sí. El crimen contra cuanto hay de injusto en la sociedad. El crimen contra la humanidad. El sistema de jerarquía social tendido allí mismo, en el suelo, para que todos lo pudieran pisotear.
Morir era terrible de por sí, pero morir de forma tan patética y estúpida, atragantada con una golosina gelatinosa semiblanda con forma de osito era una injusticia que Charlotte apenas podía soportar. No haría sino ratificar lo que siempre habían pensado de ella y confirmar sus peores sospechas sobre sí misma. Ni siquiera sabía masticar como es debido.
¿Qué le quedaba sino castigarse todavía un poco más? Así que se tumbó de espaldas, desplegados los brazos y las piernas, con figurándose exactamente al perfil de la silueta, en un gesto de derrota. Como una especie de ángel de nieve mórbido, si se quiere.
Y sólo por un instante, todo ello llegó a parecerle hasta un poco gracioso. Cruel e irónicamente gracioso. La última y más oportuna de la larga serie de bromas embarazosas que le habían gastado jamás, y ella salía en el chiste. El profesor Widget tenía razón. El Destino había intervenido en su día, su vida, aunque no exactamente de la manera en que ella había deseado. Ni por asomo.
—Dios debe de tener un gran sentido del humor —pensó levantando la mirada.
Entonces, al mencionar a «Dios», se le pasó por la mente una idea no tan divertida. No había visto ni tenido noticia alguna del Gran Tipo, o Gran Tipa, comoquiera que fuera el caso. «Mejor ser políticamente correcto», pensó con cautela, «puesto que ahora todo cuenta».
La habían estado juzgando toda una vida. ¿Es que acaso podían ir las cosas peor? La mera idea de que su suerte pudiera empeorar fue motivo más que suficiente, no obstante, para empujarla a levantarse del suelo del aula.
Charlotte se enderezó, se demoró circunspecta ante la silueta como uno lo haría ante una tumba, y caminó muy despacio hacia la puerta. Al salir al pasillo, vio a Pam señalando algo de forma inquietante, como una especie de fantasma de la Navidad como‐se‐llame de ésos. Era su taquilla. La número siete.
—SÍ, MENUDO NÚMERO DE BUENA SUERTE —dijo Charlotte con toda su ironía.
La taquilla se encontraba perfectamente precintada con cinta de peligro. Ni rastro de haber sido forzada por los otros chicos, lo que era bastante insultante, la verdad. Significaba que a nadie le interesaban lo suficiente sus cosas —ELLA— como para robar algo. Se alejó, con un pedazo de cinta adhesiva de peligro pegado al pie igual que un caprichoso trozo de papel higiénico.
—Esto NO está pasando —gimió Charlotte, y cerró los ojos queriendo borrarlo todo de su mente. Cuando los volvió a abrir, Pam reapareció, pero Charlotte se sobresaltó algo menos que las veces anteriores—. ¿Cuánto hace que .... me fui? —vaciló.
—No lo sé con exactitud —contestó Pam con indiferencia—. No es que el tiempo
importe demasiado aquí.
—¿Me estás diciendo que podría llevar fuera algo así como mil años? —
reflexionó Charlotte.
—Probablemente no —dijo Pam, y volvió a señalar en silencio, en esta ocasión
hacia una ventana—. Mira.
Charlotte se asomó al aparcamiento de delante del instituto, donde un grupo de compañeros de clase se estaba reuniendo en torno a un microbús, cuando por megafonía pudo escucharse un nuevo anuncio.
«¡Atención, alumnos! Los que quieran asistir al acto en memoria de Charlotte Usher que por favor acudan al patio. El autobús saldrá en breve.»
Charlotte no daba crédito a sus ojos. De haber sido posible, es probable que se le hubiese escapado una lágrima. Había un grupo reducido de gente que aguardaba a subirse al autobús para asistir al acto en memoria SUYA.
¿Acaso la muerte la había hecho más popular de lo que jamás había imaginado? En su mente empezaron a sucederse de manera frenética un millar de posibilidades. ¿Qué dirían sobre ella en el acto? ¿Derramaría alguien, se atrevió a desear, lágrimas por ella? ¿Produciría su muerte un estallido de dolor en la comunidad? Días de luto oficial. Estaba rebosante de expectación. De pronto todo resultaba tan.... emocionante.
Un acontecimiento aún más asombroso removió a Charlotte de su ensoñación.
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