miércoles, 3 de agosto de 2011

Capitulo 4, Pt2

Allí, en medio de la muchedumbre, estaban Petula y las Wendys ¡llorando! Charlotte no daba crédito, ¿Estaba en el cielo después de todo? Tal vez fuese ella ahora como todos esos escritores y artistas ignorados en vida pero reverenciados al final. Había alcanzado la perfección en la muerte. Canonizada, incluso por sus mayores detractores. Puede que hasta Damen la echara de menos ahora.

Estos reconfortantes pensamientos duraron lo que tardó Charlotte en henchir de orgullo su pecho plano. No era el duelo colectivo lo que había atraído a Petula y a las Wendys después de todo, sino las cámaras y libretas del cuerpo de reporteros del periódico del instituto, y la promesa de salir antes de clase. Charlotte hizo de tripas corazón y prestó oído, a través de la ventana abierta, a las preguntas del reportero .... y a las respuestas de Petula.

—Ayer mismo me comí medio osito de goma para el almuerzo —dijo Petula entre «sollozos» mientras se retocaba aplicadamente la raya del ojo con la punta de la uña con manicura francesa del dedo índice y comprobaba de reojo el estado de su maquillaje en el monitor de vídeo de Sam Efecto Retardado—. Podía haberme pasado a mí.

—¡Es una superviviente del efecto osito de goma! —canturreó Wendy Anderson a los reporteros como una publicista júnior, mientras ella y la otra Wendy abrazaban a Petula, en un desesperado intento de consolarla.

¡Allí estaba Petula debatiéndose por chupar cámara, tan egoísta, haciéndose la víctima y succionando el aire a costa del acto en su memoria! Y por detestable que le resultara, Charlotte admiró su descaro. Lo envidió, incluso. Charlotte no estaba muy segura de si Petula era incapaz de ceder el protagonismo a otro o si, por el contrario, no podía dejar escapar tan fabulosa oportunidad para promocionarse. Fuera como fuese, el resultado era el mismo en ambos casos, pensó. Se trataba de Petula y nada más que de Petula.

Agotada la oportunidad con la prensa, y mientras los cámaras recogían el equipo y Petula dirigía a las Wendys al TiVo, el canal local de televisión por cable, Charlotte observó cómo los demás gandules se echaban las mochilas al hombro como paracaídas y chocaban las manos en el aire, señal inequívoca de que daban por concluido el día. Claro que les importaba. Les importaba saltarse las clases.

—O sea —recapituló Charlotte dando la espalda a la ventana—, que estoy muerta y olvidada.

Pam observó cómo se venía abajo y no dijo nada. Charlotte se lamentaba de su suerte, lo que era normal, pero también comenzaba a presentar un desequilibrio inusual. Al menos Pam no tenía que preocuparse por que Charlotte echara de menos a su familia. Los adolescentes muertos no lo hacen. Están DEMASIADO envanecidos.

El mantra «¿por qué yo?» de Charlotte se transformó ahora en un «¿y por qué no yo?» mientras retazos de su personalidad grotesca y fracasada reafloraban a la superficie. Ya no había necesidad alguna de reprimirla. El verano era cosa pasada y todo, literalmente todo, estaba perdido.

—¿Por qué no ha podido ocurrirle algo malo a Petula? —se quejó Charlotte con rencor—. Aunque todavía podría pasarle algo —deseó—. Pero, claro —continuó, atajándose a mitad de frase—, si hubiera de sucederle algo así a alguien como Petula, entonces la noticia recorrería el mundo entero. Los ositos de goma serían retirados de los estantes de todos los comercios. Se emitirían avisos de ámbito nacional advirtiendo sobre el peligro de los ositos de goma. La CNN convertiría los ositos de goma en la nueva gripe aviar. Se daría una «cobertura especial» a la crisis de los ositos de goma. Por no hablar de actos conmemorativos televisados todos los años. Damen enviaría de forma anónima rosas rojas a su tumba cada semana durante el resto de su vida. Hawthorne High sería rebautizado en su honor. Las iglesias tañerían las campanas para conmemorar el momento exacto de su expiración. No por lo que hubiese hecho en vida, sino por quién era. Se convertiría en una heroína.

Charlotte siguió parloteándole a Pam y quejándose lastimeramente.

—¿Y yo? —meditó Charlotte—. Yo soy una silueta de tiza que PISAN, y no evitan, los demás. Una molestia para las autoridades. Un montón de papeleo, desmerecedor siquiera de un minuto de silencio.

Se sentía estafada.

—¿Has acabado?—preguntó Pam.

—Casi —dijo Charlotte.

—Tómate tu tiempo —contestó Pam, con las primeras notas de condescendencia en su voz.

Pero fueron las otras notas que escuchó Charlotte las que en realidad captaron su atención. Un leve silbido. Similar al que había escuchado en la oficina. Esta vez no albergó dudas sobre la fuente de la que brotaban tan melancólicos acordes.

—¿Qué rayos es el ruido ese que te sale de la boca? —preguntó Charlotte.

—Permíteme que me presente formalmente —dijo al tiempo que le tendía la mano a Charlotte—. Soy Piccolo Pam.

—¿Piccolo? —dijo Charlotte con una risita.

—Es mi nombre de muerte —contestó Pam.

—¿Nombre de muerte? —preguntó Charlotte, a la vez que caía en la cuenta de que ella no tenía uno y volvía a sentirse excluida una vez más.

—Sí, es una especie de apodo que recibimos algunos de nosotros, salvo que suele estar relacionado con la forma en que morimos —dijo Pam—. No siempre se adquiere de buenas a primeras. No te lo tomes como algo personal.

¿Cómo no iba a hacerlo? Charlotte pensó en cuál podría convertirse en su «nombre de muerte» y sintió cómo cundía en ella el desánimo ante el potencial que un estúpido nombre de muerte podía llegar a tener a la hora de someterla a una humillación perpetua.

—Yo soy Piccolo Pam porque mientras alardeaba, supuestamente, de mis dotes con el flautín en el desfile de bandas del condado, tropecé y me lo tragué.

—Oh, lo siento —dijo Charlotte.

—Sí, yo también, pero al menos acabe mis días haciendo algo que adoraba y que se me daba realmente bien —contestó Piccolo Pam.

—Ya .... —dijo Charlotte con un hilo de voz.

—Y fallecí mientras tocaba mi solo, de modo que nadie lo olvidará jamás. Eso es lo que cuenta —añadió Piccolo Pam con orgullo.

—Ya .... —repitió Charlotte, ausente. Se sentía abrumada por completo, mientras trataba desesperadamente de encontrarlo algún sentido a todo aquello.

Piccolo Pam sonrió y abrazó a Charlotte por los hombros. Le dio unos cuantos apretones, en un intento de animarla.

—Tampoco es para tanto —bromeó Pam—, ¡al menos no tienes que depilarte nunca más!

Charlotte no estaba todavía muy segura de si Dios tenía o no sentido del humor, pero era evidente que Pam sí.

—¿Que no es para tanto? —dijo Charlotte con los ojos desorbitados de indignación—. ¡Me conocerán como una «atorada» para toda la eternidad!

La mera idea agravó su irritación, y la garganta de Charlotte se contrajo e hizo que tosiera varias veces seguidas, como a propósito.

—No te agobies con eso del nombre —dijo Pam internando aliviar la inseguridad de Charlotte—. Ahora lo que necesitas es que te orienten.

Pam agarró a Charlotte de la mano y, tirando de ella, se alejaron de allí.





0 comentarios:

  © Blogger template 'Solitude' by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP