domingo, 21 de agosto de 2011

Capitulo 5




Era tanto lo que Charlotte todavía deseaba hacer, tanto lo que deseaba conseguir. Deseaba ver una nevada más, ver las mejillas rosadas de Damen tras un partido improvisado de fútbol después de clase, recibir otro boletín de calificaciones. Pero, claro, todos morimos con una lista de cosas pendientes, admitió. Nunca se tiene bastante.

Una nevada más no sería bastante, y ver a Damen una última vez, bueno, eso tampoco le bastaría jamás. Toda esta tristeza y demás le nublaban la mente mientras seguía a Pam por el pasillo.

—¿Quién eres tú en realidad? —la apremió Charlotte.

Pam parecía bastante normal, pero ¿y si era una especie de demonio mutante enviado para escoltarla a las Tinieblas? Entonces quizá tuviera que afrontar una eternidad empujando una roca montaña arriba o algo por el estilo.

—Estoy aquí para ayudarte —le aclaró Pam—. Al principio, todos necesitamos que nos echen una mano con la adaptación, y la transición, de «allá» a «acá», es la peor parte.

—¿Y dónde o qué es acá? —preguntó Charlotte.

—Hallarás las respuestas a cuanto quieres saber en Orientación —le desveló Pam.

—¿Orientación? —preguntó Charlotte, irritada, levantando las manos al aire en un gesto de frustración.

Antes de que Charlotte tuviera oportunidad de insistir sobre el tema, Pam se detuvo y le hizo una señal con la cabeza, contestando a Charlotte con el gesto. Señaló hacia un leve resplandor que irradiaba de detrás de la puerta de un aula, pero no pronunció palabra.

Pam se dirigió hacia la puerta, pero Charlotte estaba clavada en el sitio. Contempló pasmada cómo Pam desaparecía gradualmente en el aura, cómo volvía la cabeza hacia Charlotte con una sonrisa compasiva justo antes de que la luz se la tragara por completo, dejando a Charlotte totalmente sola.

—¡Pam! —gritó nerviosa—. ¿Qué tengo que ....? —dijo Charlotte con voz temblorosa, y sus palabras quedaron suspendidas en el aire.

Enfrentada a semejante adversidad, Charlotte, como casi siempre, adoptó una actitud completamente racional. Podía aplazar el dolor si no perdía de vista la verdadera dimensión de las cosas. No era sino la manifestación del instinto de auto protección del espíritu científico y matemático que llevaba dentro.

«Ya está», pensó Charlotte, mirando hacia el fondo del pasillo.

El momento había llegado. Estaba M‐U‐E‐R‐T‐A, seguro; por mucho que le costase pronunciar la palabra. Había visto la prueba en la camilla de la oficina y a través de la ventana, en el patio. Había conocido a Pam, su guía espiritual o ángel de la guarda o comoquiera que uno desee llamarlo. Y ahora la señal más reveladora de todas: la Luz. Se parecía mucho a como le habían contado que sería, lo que le resultó insólitamente reconfortante. Estaba asustada, pero el factor sorpresa se había desvanecido contribuyendo a minimizar el factor miedo de forma considerable.

Es más, hasta empezaba a sentir cierta satisfacción personal. Todo el mundo tiene curiosidad por saber qué ocurre después de la muerte, y ahora ella lo sabía. Por fin miembro de un club exclusivo, bueno, semiexclusivo. «Todos morimos, pero muy pocos lo hacen tan jóvenes», teorizó, insistiendo en sentirse especial. Éste era su momento.

Sin embargo, lamentablemente no había nadie a quien contárselo. No había forma alguna de intercambiar la información por algún cotilleo, una invitación a una fiesta, ni siquiera por un carné de identidad falso. El secreto sería enterrado con ella para siempre, como con toda probabilidad había sucedido con quienes la precedieron. No había nadie que, tras afrontar lo que ella estaba a punto de afrontar, viviese para contarlo; a excepción, claro, de toda esa gente con Experiencias Próximas a la Muerte que no deja de parlotear sobre «la Otra Vida» y hacia lo que de pronto sintió una profunda aversión.

«Si tan genial es estar muerto, ¿por qué no se matan y dejan de hablar del asunto de una vez por todas?», pensó. Qué no daría ella a cambio de un billete de vuelta por cortesía de las palas de un desfibrilador y un sanitario o médico de Urgencias entusiastas.

—¡Pelagatos! —Charlotte se rió con sarcasmo para sí, fantaseando con que aquélla sería su última carcajada—. Gracias, amigos —murmuró—. Estaré aquí .... por siempre.

Y con ese amago de chiste fácil, una oleada de soledad como nunca hasta entonces había sentido atravesó su cuerpo. Pam se había ido no hacía más que un instante, pero fue tiempo suficiente para que Charlotte reviviera, como un DVD en rebobinado, cada decepción, cada error, cada fracaso, cada oportunidad perdida, experimentados a lo largo de su vida. De pronto, las tan manidas escenas de lecho de muerte omnipresentes en los tele filmes de sobremesa de las que tanto se había reído se le antojaron no tan manidas.

Naturalmente, el último fotograma constituía la mayor y peor pérdida de todas: Damen. La palabra «fin» bien podía haberse superpuesto sobre su conciencia. Ahora supo con absoluta clarividencia cuan diferentes podían haber sido las cosas, pero ya era demasiado tarde para cambiar lo pasado. Como desde luego no se sentía era «en paz».

—La vida se desperdicia con los vivos —citó, y echó a andar por el pasillo, despacio, indecisa, con las rodillas temblorosas, hacia «la Luz».

Al aproximarse, Charlotte se vio bañada por la luminiscencia de la Luz, por su pureza. Se sintió como un sobre levantado a contraluz en un soleado día de verano.

Translúcida. El resplandor la cegó por completo y podía haber jurado escuchar un
coro de voces celestiales cantando sólo para ella. La amargura se esfumó.

«Es tan hermoso .... tan apacible», pensó, gozando de aquel instante de nirvana.

Vio partículas de polvo brillando como diminutos fragmentos de purpurina, flotando vaporosas en los rayos. Según se aproximaba, comprobó que veía con más claridad. Distinguió el contorno de una puerta, ligeramente entornada. Cerró un ojo con fuerza pero dejó el otro entreabierto, espiando por la rendija como si estuviera mirando una película de terror, y franqueó el umbral, temerosa pero intrigada, no obstante.

Su momento zen se vio de pronto interrumpido cuando tropezó con una cuerda o algo similar y cayó al suelo de espaldas. Al caer, la Luz que tan mágicamente la atraía se precipitó también al suelo. Ahora se reflejaba en el techo y había dejado de cegarla.

Allí estaba de nuevo, tirada en el suelo boca arriba, asimilando lo sucedido. Abrió los ojos muy despacio y parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista.

Al ladear la cabeza descubrió que la Luz emanaba de un viejo proyector de 16 milímetros atornillado a un carrito metálico. Charlotte no había visto una reliquia semejante salvo en una única ocasión, cuando le encargaron que ayudara a Sam Wolfe a ordenar el viejo cuarto de material del Club Audiovisual situado en el sótano de Hawthorne.

Alzó la cabeza levemente sobre el nivel del suelo y se topó con una visión del todo inesperada: un mar de pies engalanados con etiquetas identificativas. Charlotte abrió unos ojos desorbitados al percatarse de que la etiqueta que le había sido entregada en la oficina, la que ella se había encajado a la fuerza en la muñeca, era, de hecho, su «etiqueta identificativa». Se encontraba en un aula repleta de otros compañeros muertos.

Antes de que tuviera tiempo de salir despavorida, una voz masculina adulta la distrajo.

—Mike, enciende la luz —pidió.

Un chico que estaba cerca de la puerta encendió las luces, tampoco es que importara demasiado porque veía bastante bien sin luz, pero ahora pudo fijarse en otros detalles. Como el aula, por ejemplo. Con las luces encendidas, la pudo ver en toda su obsolescencia.

Era arcaica, literalmente, gris y anticuada, como un cruce entre una tienda de segunda mano y un centro de veteranos de guerra. Las mesas y sillas de madera clara daban la sensación de estar talladas a mano y ser perfectamente robustas, pero estaban todas desparejadas. Sobre la pizarra aparecían colgados mapas obsoletos con territorios tiempo ha desaparecidos. Unas estanterías, disimuladas en parte por raídos cortinajes de terciopelo, cubrían la pared del fondo del suelo hasta el techo atestadas de libros de texto anticuados y obras enciclopédicas incompletas.

Fragmentos de fósiles y criaturas extintas conservadas en formol se hallaban expuestos en largas repisas de mármol negro.

Plumas, tinteros, lacre y papel de pergamino ensuciaban la rayada tarima de suelo. Una máquina de escribir con ventanilla lateral de cristal y cinta de tela, una regla de cálculo, una báscula de precisión, un compás y un ábaco compartían estante con una victrola a cuerda y varias pilas de discos de 78 revoluciones rayados.

Se volvió hacia atrás y miró al espacio encima de la puerta, donde debía de haber podido encontrar un reloj, pero no lo había. El único instrumento a la vista que calculara el tiempo era el reloj de arena que descansaba sobre la mesa del profesor, pero la arena no caía. Charlotte recordó cómo Pam había comentado que «aquí» el tiempo no tiene sentido y por lo que se veía no bromeaba. Le dio la sensación de que nada en la habitación tenía sentido .... ya. Aquella aula estaba decorada como si por ella no hubiera pasado el último siglo o así.

«¿Cómo? ¿No hay reloj de sol?», pensó Charlotte.

Lo que la impactó no fue que la decoración estuviera ajada, que lo estaba, sino que estuviera caduca. Todos los objetos en los que se había fijado, incluido el proyector, habían sido auténticos hitos tecnológicos en algún momento u otro, vitales incluso, pero hacía mucho que habían sido mejorados, reemplazados o, sencillamente, olvidados. Sólo había visto esos objetos en los documentales de la PBS o en el mercadillo de trastos viejos a la puerta del garaje de alguna abuelita difunta.

El conjunto daba una insólita especie de sentido horrible a las cosas. Todos los desechos de la vida cotidiana que habían sido descartados parecían encontrarse allí expuestos. Por ponerlo con palabras bonitas, el lugar se describiría como «atemporal», pero todo y todos podían ser descritos con mayor concreción como «extemporáneos», dolorosa, obvia y totalmente «extemporáneos». Ella incluida.

—Gracias, Mike —dijo la voz masculina con sinceridad, y esta vez Charlotte se volvió para ver de quién se trataba.

Una mano pálida se extendió hacia ella para saludarla y ayudarla a ponerse de pie. Ella alargó la suya no muy convencida y la apretó.

—Ah, la nueva alumna —afirmó estrechando con suavidad sus dedos, mientras ella se levantaba, completamente pasmada—. Bienvenida. Soy el profesor Brain —dijo articulando su nombre con una buena dosis de orgullo—. Te estábamos esperando.

Charlotte no tuvo tiempo de registrar la palabra «alumna» en su mente, antes ya la había distraído por completo el aspecto de Brain. Al igual que sucedía con el aula, había algo de atemporal en Brain que resultaba desconcertante y reconfortante a la vez.

Era alto, delgado y atento e iba vestido meticulosamente, como si estuviera a punto de salir a cenar en lugar de impartir clases en el instituto. Es más, despedía un cierto aire a empresario de pompas fúnebres, con su traje de sastre color negro, camisa blanca almidonada y corbata burdeos.

—Toma asiento —invitó a Charlotte con hospitalidad.

Charlotte miró a Brain con ojos inquisidores y escudriñó la habitación en busca de un lugar donde sentarse. La única silla y pupitre desocupados se encontraban al fondo del aula. Y, a diferencia de lo que ocurriera con la hoja de inscripción para animadoras, aquella plaza parecía reservada para ella y nadie más que ella.

—Claro —dijo Charlotte con entusiasmo, recordando que sólo los más populares se sientan en la parte de atrás. Orgullosa, caminó hasta el fondo y se sentó.

—Y ahora, alumnos, permitidme que os presente a Charlotte Usher. Por favor, denle la bienvenida a la asignatura de Muertologia, o, como a mí me gusta llamarla, CÓMO SER UN MUERTO Y NO FALLECER EN EL INTENTO —bromeó.

—Bienvenida, Charlotte —coreó la clase algo mecánicamente.

Brain se rió tanto de su propio chiste, incluso durante el saludo de la clase, que el «tupé» —es decir, parte importante de su cuero cabelludo y su cráneo— se le despegó y escurrió de la cabeza, quedando colgado del más ínfimo y frágil hilo de piel y dejando expuestas las esponjosas crestas exteriores de su cerebro ante toda la clase. Visiblemente apurado, sofocó su risa con rapidez y se lo echó hacia atrás para colocárselo en su sitio (más o menos), se estiró de la chaqueta de forma nerviosa, se atusó la corbata y se aclaró la garganta como si nada. A juzgar por la nula reacción de los demás chicos, los meneos de cabeza de Brain no debían de ser cosa poco corriente.

—Claro.... Brain.... —murmuró Charlotte para sí, una vez, resuelta al menos una parte de aquel rompecabezas post mortem.

Brain se acercó a la pizarra como una mantis religiosa, ligero de pies pero un tanto encorvado —por las vértebras C‐5 y C‐6, constató específicamente Charlotte—, y dio inicio a la clase escribiendo de manera atropellada una frase en la pizarra.

NON SUM QUALIS ERAM. (No soy el que fui.)

Completada la frase, el profesor Brain la subrayó con la tiza y luego se dirigió a la
clase como un director de orquesta al comienzo de una pieza. A la señal, una vez
más, todos los estudiantes entonaron a coro:

—NON SUM QUALIS ERAM.

Charlotte no había estudiado nunca latín, pero, sin saber cómo, lo supo. Horacio, otra vez.

—Profesor muerto. Compañeros muertos. Poeta muerto. Lengua muerta — murmuró—. Tiene sentido.

Intentó establecer contacto visual con sus compañeros, pero la mayoría miraba fijamente a Brain; Pam incluida. La mayoría salvo una persona: una chica con el gesto enfurruñado que lucía una corta melena negra y un flequillo perfectamente escalonado, pintalabios descolorido y un arrugado vestido rojo repleto de manchas, y que estaba sentaba justo delante de ella. Charlotte juraría haber oído a la chica decir «Perdedora», pero los demás seguían mirando hacia delante, los labios sellados.

«¿Quién? ¿Yo?», pensó Charlotte en silencio, mirando de un lado a otro en busca de la fuente de la pulla.

«Sí, tú», la réplica retumbó con estruendo en la cabeza de Charlotte. Para remachar la respuesta, la chica giró el rostro por completo y le lanzó a Charlotte la mirada más perversa que ésta había visto jamás, y eso que había visto unas cuantas extremadamente perversas.

Charlotte, paralizada, bajó la mirada hacia los pies de la chica para consultar su nombre en la etiqueta identificativa, donde pudo leer «Prudence», sin embargo lo más notable era que sólo llevaba un zapato. Observó la desgastada sandalia e hizo memoria de todas las noticias terribles que había visto en su corta vida. Aquellas en las que, tras un fatídico atropello y fuga, la única imagen que se mostraba era la de un zapato solitario tirado en el asfalto, mientras un reportero relataba los detalles horribles del accidente. Ese zapato, «el zapato», era la imagen que hipnotizaba a la gente. La que encendía una bombilla en su mente. Aquel zapato pertenecía a alguien. Ese alguien había escogido ese zapato para pasar el día. Se lo había puesto esa misma
mañana. Iba a algún lugar con ese zapato, ese zapato iba a llevarle hasta donde
necesitaba ir, y ahora, ahora ya hacía huérfano en medio de la carretera. Una lápida
temporal.

—Bueno, como verás, estaba preparando el proyector de cine para cuando llegases; una breve película de orientación, digamos que para ¿edificar el espíritu? —explicó el profesor Brain.

Cuando se dirigía a recoger el proyector del suelo para terminar de embocar la película, saltó la alarma de incendios del instituto.

El timbre ensordecedor impulsó a Charlotte a salir corriendo de manera instintiva hacia la puerta, pero los demás siguieron en sus asientos, impertérritos. Mike, que se encontraba tocando frenéticamente una guitarra imaginaria, extendió la mano y agarró a Charlotte de la muñeca antes de que pudiera huir. Ella se asustó, pero al instante percibió que era más para protegerla que para contenerla. Llevaba unos auriculares embutidos en los oídos, pero no estaban conectados a ningún aparato.

—Ya has abandonado el edificio —dijo Mike, marcando el ritmo con los pies como si estuviera tocando una batería de doble pedal.

—La fuerza de la costumbre —repuso Charlotte —. ¿Puedes oírme con esos chismes retumbándote en los oídos?

—Sí—contestó Mike, aunque casi a voz en grito.

Mike contuvo a Charlotte, pero nada podía contener la marea de tristes recuerdos que de repente había empezado a inundar su mente. Tal vez fuera la alarma de incendios, recuerdo de una ínfima parte de su vida cotidiana, pero las punzadas de dolor, al igual que las del miembro fantasma de un amputado, permanecieron.

Piccolo Pam se acercó hasta ella y la presentó formalmente a Mike.

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