domingo, 21 de agosto de 2011

Capitulo 5, Pt2

—Éste es Metal Mike. Llevaba el estéreo a demasiado volumen mientras hacía el examen de conducir —explicó Pam—. Se .... distrajo. La cosa no acabó bien.

—Ah, entonces ¿su nombre de muerte le viene de escuchar heavy metal? —preguntó Charlotte.

—No —la corrigió Pam—, le pusieron ese mote porque escucharla le mató .... Y porque, además, tiene literalmente esquirlas de metal en la cabeza a causa del accidente —añadió.

—¿Aprobé? —le preguntó Mike a Pam, simulando que punteaba un imaginario bajo eléctrico de doble mástil.

—No deja de preguntar lo mismo una y otra vez. Se ha quedado estancado en eso, así que yo le digo que sí —le susurró Piccolo Pam a Charlotte—. Sí, Mike, aprobaste —dijo Piccolo Pam en su tono de voz más condescendiente, el cual, en apariencia, tuvo el efecto deseado en Mike y en Charlotte también.

Mike soltó a Charlotte de la muñeca y Piccolo Pam la escoltó de vuelta a su pupitre. De camino iba mirando al suelo, a los pies de los demás compañeros, en busca de nombres, y se enteró de más de lo que quería saber de ellos por su calzado.

«Mike» llevaba botas gastadas, cómo no, con sus gruesos dedos gordos al aire. «Jerry» llevaba unas Birkenstock muy hippies. «Abigail», chorreando agua sucia, llevaba chanclas, las venas verdiazuladas claramente visibles en los empeines y en sus pálidas piernas desnudas; Charlotte no pudo abstenerse de levantar un poco la vista y observar que la chica llevaba un bañador del colegio. «Suzy» iba descalza y tenía el cuerpo cubierto de pies a cabeza de rasguños; con nerviosismo, se cercioraba de que ninguno de los demás compañeros la miraba y a continuación clavaba una afilada uña en sus costras. Charlotte fingió no haberla visto.

Eran a cada cual más repulsivo, pero en el contexto de la clase todos encajaban a la perfección. «¿Cómo me verán a mí?», se interrogó. «¿Acaso encajo yo también?»

No es que ella se sintiera en modo alguno diferente, la verdad, desde que «llegara», salvo por la «voz de rana» que le brotaba de la garganta. ¿Seguía siendo la misma chica rara, alta y delgada que había sido en vida? ¿Con la misma mata de pelo rebelde que sólo había sido capaz de dominar con una estantería de supermercado completa de acondicionadores, suavizantes y fijadores?

—Como decía, seguro que tu haces muchas preguntas.... —dijo el profesor Brain, como si le hubiese leído el pensamiento, al tiempo que volvía a accionar el haz de luz del proyector.

—Sí, yo tengo una —interrumpió Jerry antes de que Charlotte pudiera formular la suya—. ¿Tenemos que ver esta película otra vez?

—Pues sí, chamuscado —espetó Prudence—. ¿Es que acaso tienes algo mejor que hacer? La veremos una y otra vez hasta que cale hondo en ese cerebro muerto que tienes, tú y todos los demás.

Prudence o Prue, como al parecer la conocían sus compañeros, puso así punto final al asunto, no sólo para Jerry sino también para el resto de la clase. A excepción de Charlotte, cómo no. Charlotte tenía una pregunta específica que le rondaba en su mente de piñón fijo, y antes de que pudiera corregirse se le escapó.

—¿Sabe cómo va a afectar esto a mi clase de Física? —preguntó—. Hoy mismo me han asignado mi pareja de laboratorio y detestaría tener que dejarle colgado.

La clase entera se echó a reír desenfrenadamente ante la ingenuidad de Charlotte; todos salvo Prue, quien a duras penas pudo contener su indignación.

—Ay, Dios.... Tenemos una «viva» por aquí —se mofó, poniendo los ojos en blanco.

Charlotte se hundió en su silla, consciente de que lo que acababa de decir debía de haberles sonado a todos como una necedad. Pero ¿y qué? No la conocían. No conocían su situación. Ella todavía estaba interesada en saber de Damen. Curiosamente, era lo único que le interesaba.

—Hagamos una cosa, veremos la película y si acaso —se detuvo para soltar una risita y celebrar su ingeniosidad, de nuevo—, perdón, si acaso queda alguna duda, podemos discutirlo después ....

El profesor Brain le hizo pasar un libro hasta el fondo. Se titulaba GUÍA DEL MUERTO PERFECTO.

—Es para ti, Charlotte —dijo amablemente—. Para que te vayas poniendo al día con tus estudios.

—¿Estudios? —preguntó ella.

Charlotte abrió el libro y echó un vistazo al índice. Leyó para sí los encabezamientos de los capítulos en voz alta, mientras el profesor Brain ponía en marcha el proyector.

¿«Levitación»? ¿«Telequinesia»? ¿«Intangibilidad»? ¿«Teletransporte»? No podía creer lo que estaba leyendo, pero no había duda de que le intrigaba, y mucho; además, a estas alturas ya estaba curada de espanto. Hojeó rápidamente el libro mientras Mike atenuaba la luz, y la película, una parpadeante proyección de cine industrial al más puro estilo años cincuenta, con cuenta atrás 5‐4‐3‐2‐1 y narración moralista de fondo y todo, empezó.

Deadhead Jerry —el chico de las Birkenstock— ya estaba dormido, sólo que con los ojos abiertos. Mientras roncaba, Charlotte vio por el rabillo del ojo cómo Piccolo Pam extendía su mano con suma delicadeza y le cerraba los ojos del mismo modo en que se le haría a una persona que acaba de morir.

«Qué encanto», pensó Charlotte, reconociendo la gentileza de Pam.

La sala quedó entonces completamente a oscuras y, de nuevo, el iracundo bramido de Prue sobresaltó a Charlotte.

—Más te vale prestar atención, Usher —le advirtió Prue, dando ruidosos golpecitos con el pie en el suelo—. Si vemos esto otra vez es por ti.

—Ya me he enterado —contestó Charlotte, y tosió. Se le cruzó por la mente pedir que la excusaran para ir a enfermería, pero no le pareció que tuviera demasiado sentido.

Pam lanzó a Charlotte una mirada muy seria, como si la advirtiera de que más le valía no irritar a Prue. Por lo que parecía, ya era demasiado tarde. Era más que evidente que «aquí» Prue era la abeja, o lo que es peor, la avispa reina de Muertología, y Charlotte ya había probado su picotazo.

Lo que Charlotte no tenía aún muy claro era la RAZÓN de que Prue la odiara tanto. Prue apenas había tenido tiempo para fijarse en ella, cuando no para detestarla. En Hawthorne hubo compañeros que tardaron hasta un cuatrimestre entero en rechazarla por completo. Era una pequeña estadística de la que estaba muy orgullosa. Pero con Prue, el odio había sido instantáneo y parecía motivado por algo mucho más profundo que su mera apariencia o las cosas que decía.

En la pantalla apareció una insignia en forma de corona acompañada de una anticuada sintonía escolar.

Una adolescente como salida de los años cincuenta, con pelo corto y rizado, falda azul marino, bailarinas y camisa blanca almidonada, apareció en escena.

La voz masculina del narrador la llamó: «¿Susan Jane?, ¿Susan Jane?».

Susan Jane miró en torno suyo buscando la procedencia de la voz y pareció que la desorientaban el aula en la que se encontraba y los libros que sostenía en la mano.

«Susan Jane descubrirá enseguida que a pesar de estar muerta todavía tiene que graduarse», dijo el narrador.

Susan Jane se mostró decepcionada.

Charlotte no pudo evitar reaccionar del mismo modo.

—¿Estudiar? —preguntó Charlotte—. Genial, la vida es un asco y luego va, te mueres, y vuelve a ser un asco.

—Estoy muerto, no sordo —la amonestó el profesor Brain, invitándola a que permaneciera callada.

Charlotte se arrellanó en la silla y continuó viendo la película.

«¿Cómo te sientes, Susan Jane?», preguntó el narrador a Susan Jane.

«Pues creo que bien, ¿no? Aunque ahora que lo dice, algo rara sí que me siento», contestó.

«Hay razón para ello, Susan Jane», dijo el narrador.

Entonces, apareció una imagen partida con dos Susan Janes: una viva y una muerta. Su aspecto era el mismo en ambos estados.

«Aquí tenemos dos imágenes de Susan Jane», indicó el narrador, y mientras lo hacía, una diminuta flecha roja señaló a las imágenes correspondientes al «antes» y al «después».

«Visto desde fuera, se diría que apenas hay diferencias, pero en el interior, su cuerpo ha experimentado muchísimos cambios», continuó el narrador.

En la pantalla, los cuerpos fueron reemplazados de pronto por siluetas, una mostraba la circulación y el movimiento internos con cientos de diminutas flechas rojas, y otra no.

«El cambio más evidente es que el cuerpo físico de Susan Jane ha dejado de trabajar, pero que su cuerpo no trabaje no significa que ella no tenga trabajo que hacer», anunció.

La cámara se acercó entonces a un manual de la GUÍA DEL MUERTO PERFECTO, cuya cubierta se abrió arrastrando con ella las primeras páginas. El encabezamiento del capítulo «Aproximación a la muerte» saltó a primer plano. En el libro aparecían las imágenes de dos chicos esbozados con sencillez. Billy, se diría que un educado, obediente y bien vestido adolescente de los años cincuenta con pelo engominado, y Butch, otro adolescente de los años cincuenta de aire más rebelde, desastrado, algo lerdo y desobediente.

«Éste es Billy —dijo el narrador presentando a los ʺcompañerosʺ—. Y éste, bueno, éste es Butch. En vida, Butch y Billy eran unos ʺchuponesʺ. Tenían que ser los que más tantos marcaran, los favoritos del entrenador, las superestrellas del equipo, ahora tienen que aprender a ʺjugar en equipoʺ, una transición muy dura, y más si se tiene en cuenta que están muertos».

La película mostraba a los dos «compañeros» en el patio de un colegio. Se apreciaban dos grupos jugando al kickball, uno de vivos y otro de muertos. La cámara ofreció un primer plano del partido de los vivos, y el marcador reveló un empate en la última manga.

«Hoy, Butch y Billy están aprendiendo a dominar la telequinesia —al pronunciar el narrador esta palabras, apareció en pantalla una entrada de diccionario correspondiente a la palabra TELEQUINESIA—, una de las principales habilidades espirituales, a través de un sencillo partido de kickball».

La pelota rodó hacia la posición del pateador, quien la golpeo con todas sus fuerzas sacándola del campo. Mediante telequinesia, Butch propulsó la pelota por encima de la cabeza del jugador exterior para poder atraparla él, pero con ello sólo consiguió que el equipo contrario anotara una carrera. El equipo perdedor, enojado con el jugador exterior, se retiró del campo a toda prisa amargado y triste, mientras que Butch se quedaba plantado con la pelota en la mano sintiéndose fatal. Butch arrojó la pelota y apretó a fondo el acelerador de su motocicleta, enojado y avergonzado.

«¿Qué pasa, Butch? Parece que eso ha estado algo fuera de lugar», le echó en cara el narrador, al tiempo que Butch se alejaba a toda velocidad.

Mientras tanto, el jugador exterior que había fallado la captura se sentó en el banco solo, llorando.

«Y ahora observad a Billy. Está jugando con los otros chicos muertos», anunció el
narrador con entusiasmo.

En el campo muerto la situación del partido era la misma. Billy jugaba en tercera base. La pelota rodó hacia la posición del pateador y éste la golpeó con fuerza hacia el espacio del campo interior situado entre la tercera base y el jugador medio. Billy se giró hacia la pelota y empleó sus poderes para colocarla en manos del jugador medio, cediéndole la jugada. ¡El medio consiguió eliminar a dos jugadores del equipo contrario! ¡El partido concluyó y el equipo de Billy salió victorioso! La muchedumbre gritaba entusiasmada. Sus emocionados compañeros de equipo lo rodearon con los brazos levantados entre gritos de júbilo, y Billy fue elevado sobre sus cabezas.

«¡Así es, Billy! ¡Así se hace!», dijo el narrador.

«¿Por qué no le fueron bien las cosas a Butch y sí a Billy? Bueno, Butch recurrió a las artimañas de siempre y empleó sus poderes para intentar seguir conectado a los vivos, mientras que Billy, bueno, Billy superó su egoísmo y empicó sus poderes para conducir a su equipo a la victoria».

Los dos «compañeros» fueron reemplazados de nuevo por Susan Jane, sentada ante su viejo pupitre de madera.

Susan Jane se encogió de hombros cuando los «compañeros» aparecieron a su lado. Billy se había graduado, Butch sostenía en la mano una cartilla marcada con un enorme y negro Muy Deficiente.

«No lo olvidéis, estas habilidades especiales deben ser empleadas solamente con el propósito de alcanzar la resolución que los permitirá cruzar al otro lado. Nuestro profesor se encargará de entrenarnos, pero es responsabilidad nuestra emplearlas como es debido», dijo.

La música ganó intensidad y la GUÍA DEL MUERTO PERFECTO se cerró. En la contracubierta se podía leer FIN.

La cinta aleteó contra el metal del proyector y Mike encendió de nuevo las luces.

—¿Alguna pregunta? —preguntó el profesor Brain, dirigiéndose a Charlotte.

—¿Cómo sabemos cuál es nuestra meta? —preguntó Charlotte.

—Toda la clase está aquí por alguna razón —dijo el profesor Brain—. Todos tenemos un asunto pendiente que haber de resolver antes de seguir adelante.

Sonó el timbre, pero Charlotte no se movió de la silla. No sabía si al levantarse volvería a hacer el ridículo como cuando había sonado la alarma de incendios. Cuando los demás estudiantes empezaron a salir de clase, ella reunió sus cosas y los siguió sin dejar de darle vueltas a lo que Brain acababa de decir.

—¡Atención todos! Deberes. Esta noche hay reunión en Hawthorne Manor. ¡A las siete en punto y no es opcional! —chilló el profesor Brain a sus espaldas, mientras se apresuraban por alcanzar la libertad.

«¿Deberes?», pensó Charlotte.




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